Reflexion Dominical

XXV ¿CÓMO ES DIOS PARA TI?     24 SEPT 2017

 

Dios es el único ser que ha existido antes de nosotros, con nosotros y seguirá viviendo después de nosotros, por eso sabemos que es el único que tiene eternidad, su reino va más allá del tiempo, supera toda barrera y pensamiento, porque sus pensamientos no son nuestros pensamiento y sus caminos no son nuestros caminos; nadie lo ha podido conocer hasta la profundidad de ser porque los seres humanos somos limitados; pero estamos seguros que su amor es eterno y va más allá de los condicionamientos que le pongamos, o de las ideas que tengamos, por eso cada día Él se nos va revelando más y más como el Dios del amor, el Dios que tiene entrañas de misericordia.

 

Hay que aprovechar las ocasiones, no podemos dejar que pasen las oportunidades que la vida nos brinda. Todas tienen su importancia, y sólo el que sabe apreciarlas en su justo valor llegará a triunfar plenamente en la vida. Por el contrario, el que deja pasar el tiempo sin salir al paso de lo que se le ofrece, acabará fracasando, quedándose atrás siempre, olvidado en el más gris anonimato. Y de todas las ocasiones, hay una que resulta decisiva. Tan decisiva que de aprovecharla o no, depende nuestra felicidad en esta vida y en la otra.

 

Es hora de despertar, abrir los ojos. El Señor está cerca. Tan cerca, que está, ahora mismo, a tu lado, mirándote con su mirada de infinito amor. Resulta relativamente fácil descubrir el sentido de las acciones humanas. Siempre hay una motivación que explica por qué se hacen las cosas... Pero con Dios no ocurre lo mismo. Él se escapa de nuestras reglas lógicas muchas veces, rebasa nuestros cálculos y suposiciones, sin que podamos enmarcarlo en unos moldes determinados. Como el cielo es más alto que la tierra, así los caminos de Dios son más altos que los caminos de los hombres, sus planes que nuestros planes. Hay una diferencia insondable, distancia infinita, inabarcable. Y, sin embargo, Dios está cercano, íntimo, entrañable. Grande, inmenso, terrible. Pero al mismo tiempo sencillo, bueno, comprensivo, amable...

 

Me atrevo a hacer una primera afirmación sobre la pregunta que nos hacemos en este domingo, ¿cómo es Dios? En mi vida ¿cómo veo a Dios?, ¿cuál es la imagen que primero se ve viene a la mente al pensar sobre Dios?

 

El evangelio de este domingo que se llama la parábola de los trabajadores de la viña nos dice que: DIOS ES BUENO.

Este domingo tenemos a nuestro alcance la gran oportunidad de tener un mejor acercamiento a Dios y poderlo conocer más, se trata de que cada uno de nosotros vayamos llegando a la verdad plena que nos haga conocer de primera mano las acciones de nuestro Padre amoroso para que realicemos una purificación de las ideas engañosas y muchas veces perjudiciales que tenemos sobre su persona, ya que cuando tenemos una idea errónea sobre la manera de ser de Dios, nos causa mucho daño y provoca distanciamientos.

 

El hombre tiene muchas maneras de encontrarse con Dios, de conocerlo, de estar con él, de llegar a experimentarlo en nuestra vida, como lo cuenta la siguiente historia: “Había una vez un pequeño niño que quería conocer a Dios. Él sabía que había que hacer un largo viaje hacia donde vivía Dios, entonces empaquetó una maleta con panecillos y unos jugos y emprendió su partida. Cuando había recorrido cerca de 3 cuadras, se encontró con una viejecita. Ella estaba sentada en el parque, observando algunas palomas. El niño se sentó junto a ella y abrió su maleta. Él estaba a punto de tomar su jugo cuando notó que la viejecita se veía con hambre, entonces él le ofreció un panecillo. Ella lo aceptó muy agradecida. Su sonrisa era tan bella que el niñito quería ver esa sonrisa nuevamente, entonces le ofreció a ella un jugo. Nuevamente ella volvió a esbozar su hermosa sonrisa. El niño estaba encantado.

 

Ellos se quedaron allí toda la tarde comiendo y sonriendo, pero ninguno de ellos decía palabra alguna. Cuando empezó a oscurecer, el niño estaba cansado y se levantó para irse. Antes de haber dado unos pasos más, él se dio la vuelta y corrió hacia la viejecita y le dio un abrazo. Ella le dio la más grande y hermosa sonrisa. Cuando el niño abrió la puerta de su casa, su madre estaba sorprendida por la felicidad que el niño demostraba. Ella le preguntó cuál era la causa. Él le contestó:

- He comido con Dios. ¿Y sabes qué? ¡Ella tiene la sonrisa más bella que he visto!

Mientras tanto la viejecita, también con mucha felicidad, regresó a su casa. Su hijo estaba anonadado por la paz que mostraba en su cara y preguntó:

- Madre, ¿qué hiciste el día de hoy que te ha hecho tan feliz?

Ella contestó:

- Yo comí panecillos en el parque con Dios. ¿Y sabes qué?, Él es más joven de lo que esperaba”.

 

Esta historia nos muestra que tú encuentras a Dios en todos los lugares y rostros. Desafortunadamente, muchos de nosotros pasamos la vida buscando una visita de Dios, sólo que estamos muy ocupados para reconocerlo.

 

Por nuestra inclinación al mal, por nuestro egoísmo, por nuestro materialismo, por no obedecer humildemente los planes de Dios, hacemos muchas veces imposible que los planes de Dios se cumplan en nuestras vidas. Los planes de Dios son siempre la justicia, el amor, la paz. Dios sí quiere que todos sus hijos puedan vivir dignamente y sean humana y cristianamente felices, pero somos nosotros, los humanos, los que, con nuestro egoísmo y maldad, creamos divisiones injustas y hacemos posible que, mientras a algunos les sobren muchas cosas superfluas, a otros les falten muchas cosas necesarias. También es verdad que los hombres, las personas humanas, somos limitados e imperfectos en nuestro entender y en nuestro obrar. Más de una vez los planes de Dios nos sorprenden y nos descolocan, porque no los entendemos. En estos casos, debemos aceptar con humildad y confianza en Dios los acontecimientos personales, familiares o sociales, que nos cuesta entender y explicar. ¿Por qué mueren tantos niños inocentes, por qué, como consecuencia de un terremoto o un huracán, sufren y mueren muchas personas buenas que siempre desearon cumplir la voluntad de Dios?, ¿por qué?, ¿por qué?... Humildad y confianza en Dios, a pesar de todo.

 

 

Consideremos en un segundo momento que Dios puede hacer con lo suyo lo que Él quiere.

Jesús hace una advertencia al pueblo judío señalando que no tiene la exclusiva del premio divino porque haya llegado antes al conocimiento de Dios Padre y que los gentiles recibirán el mismo premio, aunque se incorporen a la gracia mucho más tarde. Sin duda, era la que iba a pasar: la mayoría de los hermanos de raza y de religión de Jesús le dieron la espalda, le detuvieron y lo mataron y la gran siembra se hizo fuera del espacio judío. Los nuevos creyentes también iban a ser herederos de las promesas que Dios hizo en el Sinaí. La Iglesia se iba a constituir en el pueblo elegido.

 

La parábola es especialmente útil para los tiempos actuales. Pero no solo por el creciente y angustioso paro. Existe otra “lectura espiritual” Hay muchos creyentes "de larga duración" que se creen con todos los derechos habidos y por haber. Buscan un premio permanente a su fidelidad y pretenden ser los primeros. Hay que tener en cuenta los méritos de toda una vida dedicada al seguimiento de Cristo. Y hay hermanos verdaderamente ejemplares en ese camino. Pero son ellos precisamente los que también han de ejercer la máxima humildad y ponerse en el último lugar de la lista de retribuciones. No es fácil desprenderse de una cierta complacencia ante la satisfacción del deber cumplido. Y, sin embargo, no es lo que nos pide Cristo.

 

Guarda, sin duda, relación el evangelio de hoy con la doctrina de la conversión de los pecadores. Aun convertidos en el mismo momento tendrán la misma paga que los fieles de "toda la vida". La gracia de Jesucristo les llevará a la vida eterna. Y, en este caso lo que dice Jesús respecto a las retribuciones es perfectamente aplicable. Va a dar a sus hijos fieles de siempre lo que les prometió, si restarles ni un céntimo, ni un gramo: la salvación. La única receta posible para no caer en pecados de superioridad respecto a los recién llegados a la gracia está en la última frase: "Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos".

 

 

Hagamos nuestro lo que escribió Santa Teresa de Jesús:

 

“Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí, después que muero de amor;

porque vivo en el Señor, que me quiso para sí:

cuando el corazón le di puso en él este letrero,

que muero porque no muero”.

 

El que ha llegado a desprenderse de sí mismo está ya en la mejor actitud de fe, está ya comenzando a vivir la vida de verdad que solo se encuentra en Dios.