Reflexion Dominical

DOMINGO 16      23 DE JULIO 2017

QUE CREZCA MAS EL TRIGO Y MENOS LA CIZAÑA PARA CONSTRUIR EL REINO

“El ruido no hace bien, el bien no hace ruido” dijo San Vicente de Paul para expresar el enfoque que las personas le vamos dando a los acontecimientos, paso a paso los medios de comunicación nos van dirigiendo la mirada hacia el mal, el escándalo, lo que destruye la vida del hombre, es por eso que a muchos medios de comunicación se les llama amarillistas porque no nos muestran los acontecimientos, sino la palidez de la vida. Nosotros enfoquemos en la semilla buena, en los acontecimientos que hacen el bien.

  1. UN HOMBRE SEMBRO BUENA SEMILLA

El hombre al que se refiere el Evangelio de este domingo es Dios, que el domingo pasado lo veíamos como el que pasa la vida sembrando, haciendo el bien, dejándonos la oportunidad de poder encontrar la vida. En ésta ocasión la Palabra de Dios inicia señalando que el sembrado dejó buena semilla. Encontrarnos con una buena semilla es la clave para que pueda haber una buena cosecha, de ahí depende parte del éxito de los campesinos, si se dan las demás condiciones se podrá esperar una buena cosecha.

Nestor Armstrong nos cuenta la siguiente historia:

“El alumno, según él, había terminado el cuadro. Llamó a su maestro para que lo evaluara. Se acercó el maestro y observó la obra con detenimiento y concentración durante un rato. Entonces, le pidió al alumno la paleta y los pinceles. Con gran destreza dio unos cuantos trazos aquí y allá. Cuando el maestro le regresó las pinturas al alumno el cuadro había cambiado notablemente. El alumno quedó asombrado; ante sus propios ojos la obra había pasado de mediocre a sublime. Casi con reverencia le dijo al maestro:

¿Cómo es posible que, con unos cuantos toques, simples detalles, haya cambiado tanto el cuadro?

Es que en esos pequeños detalles está el arte. Contestó el maestro. Si lo vemos despacio, nos daremos cuenta que todo en la vida son detalles. Los grandes acontecimientos nos deslumbran tanto que a veces nos impiden ver esos pequeños milagros que nos rodean cada día. Un ave que canta, una flor que se abre, el beso de un hijo en nuestra mejilla, son ejemplos de pequeños detalles que al sumarse pueden hacer diferente nuestra existencia. Todas las relaciones, familia, matrimonio, noviazgo o amistad, se basan en detalles. Nadie espera que remontes el Océano Atlántico por él, aunque probablemente sí que le hables el día de su cumpleaños. Nadie te pedirá que escales el Monte Everest para probar tu amistad, pero sí que lo visites durante unos minutos cuando sabes que está enfermo.

Hay quienes se pasan el tiempo esperando una oportunidad para demostrar de forma heroica su amor por alguien. Lo triste es que mientras esperan esa gran ocasión dejan pasar muchas otras, modestas pero significativas. Se puede pasar la vida sin que la otra persona necesitara jamás que le donaras un riñón, aunque se quedó esperando que le devolvieras la llamada. Se piensa a veces que la felicidad es como sacarse la lotería, un suceso majestuoso que de la noche a la mañana cambiará una vida miserable por una llena de dicha. Esto es falso, en verdad la felicidad se finca en pequeñeces, en detalles que sazonan día a día nuestra existencia.

Nos dejamos engañar con demasiada facilidad por la aparente simpleza. Si es verdad que hay cizaña, pero el trigo que Dios ha puesto en nuestras vidas debe ser más eficaz, es lo que más debe resplandecer en nuestra vida, por eso recordemos que Dios ha sembrado buena semilla en nosotros.

  1. EL ENEMIGO SEMBRÓ CIZANA

Jesucristo nos recuerda que el mal existe y que quien lo siembra es el Maligno. El texto del Evangelio de Mateo es claro. Es verdad que asistimos a muchos episodios de maldad humana y ello nos puede llevar a suponer que es una realidad intratable y triste para el hombre. El mal está en nuestra naturaleza, por causa del pecado original. Esa desobediencia profunda, inducida por el Malo, cambió el curso de la creación. Pero, además, el mal anida en nosotros, por miles de actos que constituyen un enfrentamiento con Dios. No debemos tener miedo al mal, pero tampoco desconocerlo o disculparlo a ultranza. El mal --el Maligno-- será derrotado definitivamente al final de los tiempos, pero mientras tanto ejercerá su reinado.

Dios sabe que somos de barro, de naturaleza frágil y pecadora, nos juzga a todos misericordiosamente. Mira nuestro corazón, antes que, a nuestras obras, y nos juzga como lo que realmente somos. Desde que nacemos tenemos la cizaña ya metida en el alma y, aunque en el bautismo se nos perdone la culpa y la pena de nuestra fragilidad original, la inclinación al pecado, la cizaña, nos va a acompañar mientras vivamos. ¿Qué hacer? Confiar en la misericordia de Dios y en su perdón. E intentar juzgar a los demás con amor y misericordia. Vivimos en un mundo imperfecto, en el que el trigo y la cizaña están muy revueltos y envueltos, y no podemos juzgar precipitada e inmisericordemente a los demás. Tratemos cada uno de nosotros de ser trigo limpio y no pretendamos exterminar de golpe y arrancar lo poco o lo mucho que nosotros consideramos cizaña. Y cuando no podamos aprobar el comportamiento de muchas personas, sigamos el consejo de San Agustín: condenemos el pecado, pero amemos al pecador y recemos por él.

¿Por qué existe el mal y por qué Dios lo permite? El mal no existe como una prueba, existe por voluntad de quienes, un día, se rebelaron, porque Dios hizo su creación en libertad. No fabricó unas marionetas, constantemente manejadas por hilos. Creó seres libres, ya que la libertad está en la esencia divina. Y los ángeles, espíritus puros, también asemejados a Dios, tienen su libertad y optan a ella. Cuando se produjo la rebelión angélica se estaba creando el imperio del mal. No por decisión divina, si no por voluntad de sus ejecutores. El Episodio del Edén, el engaño demoníaco frente a un árbol prohibido, tuvo su acción inductora, pero la responsabilidad fue de quienes comieron. El gran pecado de la soberbia no es otra cosa que preferirse a uno mismo, en lugar de Dios y de los hermanos. Todo acto de rebeldía contra Dios no es un gesto inconsciente. Se trata de hechos concretos con su graduación en el mal perfectamente mensurable y basado en hechos reales.

  1. SER SEMILLA DE MOSTAZA, LEVADURA PARA QUE CREZCA EL REINO DE DIOS

El Reino de Dios se parece siempre a un suceso, porque el no es un lugar, ni una cosa, ni una organización imponente. Por eso el Reino de Dios no está circunscrito geográficamente, ni institucionalmente, ni siquiera puede decirse con precisión que la Iglesia sea el Reino de Dios.

El Reino de Dios es un acontecimiento, es algo que sucede en cualquier parte dentro de este mundo. Para entrar en él no es necesario cambiar de profesión, ni salirse de un lugar, ni abandonar el mundo. Lo único que hace falta es cambiar la vida, porque el Reino de Dios es una vida nueva. El principio de esta vida está en Dios. Él tiene la iniciativa.

Ningún sembrador puede sembrar sin semilla. Ninguna mujer puede amasar sin levadura. En todas las parábolas se aprecia ese carácter de acontecimiento del Reino de Dios y la necesidad de que este acontecimiento esté provocado en el mundo por la gracia de Dios. La simiente es la palabra de Dios. A partir de Cristo algo pasa en el mundo, aunque nadie lo note, porque el Reino de Dios acontece en el silencio. En el silencio de la cruz, en el silencio de la semilla que se pudre, en el silencio de la levadura que fermenta la masa.

La Iglesia es la señal visible del Reino de Dios y la encargada de su proclamación en el mundo. Muchas cosas de la vida humana no son únicamente cosas de la vida humana, sino cosas del Reino de Dios: donde hay un hombre que vive para los demás, donde hay un hombre que defiende la justicia, donde hay una mujer sacrificada, un enfermo que sufre con esperanza, un joven que busca la verdad, que busca un camino, un anciano que mira con serenidad el futuro, un gobernante que reconoce sus yerros... allí no pasan solamente cosas de la vida; allí acontece el Reino de Dios.